viernes, 27 de septiembre de 2013

Delirios

Primero un pie, después el otro. Mi caminar produce un ritmo constante, como el caer de la lluvia. Y llueve, sí, también llueve. ¿Acaso no es bonita la lluvia? No voy a engañarte, no, no es bonita. Sin embargo tiene ese algo, esa capacidad de relajarnos, de mecernos, de arroparnos con su constante sonido que hace que mucha gente diga que es bonita. Saboreo la humedad, la disfruto. Las gotas mojan mi pelo y me incitan a pensar, el ritmo que producen al chocar con el suelo transporta mi mente a otro lugar, lejos. Del asfalto sube ese olor tan peculiar a mojado y llega hasta mi nariz, respiro hondo, hay que sentirlo todo fuerte. Bajo la cabeza, la ciudad está repleta de charcos, parece sucia. Subo la cabeza y el cielo negro me causa la misma impresión. Pero, vuelvo a respirar y el aire húmedo y limpio purifica mis fosas nasales, bendita lluvia. Ahora mismo, soy todo sensaciones, sensaciones que piensan. "¿Qué será de nosotras cuando la lluvia se vaya?" Se irán con ella para otro día volver y envolverme. Se irán y dejarán ese gusto en el paladar, ese todavía apreciable olor en el asfalto, esas gotas en mi pelo, esos pensamientos nacidos de su ritmo relajante. Por fin, después de andar sin rumbo y habiendo alcanzado todos los rincones, llego a mi casa. Abro la puerta, entro. Todavía tengo en mi mente esos detalles de la lluvia. Me siento y me pongo a escribir. La lluvia no es bonita.

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