-Vuelve aquí, bonita-dijo el hombre
Las sábanas tapaban todo su cuerpo por debajo del pecho.
Encendió un puro. Dio una calada, larga. Junto con el humo salieron de su boca
tres palabras: “ven aquí, venga”. Con
una mano sostenía el puro mientras que la otra la deslizaba por su rostro,
siendo consciente de cada relieve que formaban sus arrugas. Se toco el cabello,
gris. Dio otra calada y al expulsar el aire sucio pudo observar también las
arrugas de su alma, aquellas que solo él podía sentir. Tosió. Miró de reojo los
billetes que yacían sobre la mesilla, al lado de la cama. Observó el cuerpo de
mujer que se asomaba en el balcón, siempre le recordaba a aquel cuadro de Dalí.
La prostituta, desnuda, encendió un cigarro y fumó. El
sombrero otorgaba “humanidad” a su cuerpo “impuro”. Sin embargo, el hombre
nunca había conocido a una mujer más digna, más humana. Desde aquel séptimo
piso observaba las calles de París siempre bonitas, misteriosas, sorprendentes,
vivas a pesar de la lluvia. De la lluvia y del viento. Veía a la gente caminar:
unos con prisa, otros pausados; unos alegres, otros no tanto; unos solos y
otros amarrados. Podía distinguir la cara de algunos de sus clientes entre
aquellos caminantes. Se colocó el cigarro entre los labios y pensó en el hombre
que la observaba detrás de ella, recordó la noche en que se conocieron. Sonrió.
Sonrió al recordar que no quería hacer el amor con él. Sonrió al recordar como
poco a poco le fue cogiendo cariño. Sonrió sabiendo que él estaba detrás,
mirándola. Por un momento, recorrió fugazmente su cabeza la idea de que quizás
lo amaba. Lo descartó, ella no podía amar, no debía hacerlo. Echó una última
mirada a París antes de volver a la habitación. Solo amaba a París.
-Bonita…-empezó diciendo el hombre al ver que la joven
entraba
-Sí, ya lo sé, te recordaba a aquel cuadro de Dalí… -interrumpió
con una sonrisa la prostituta.
Al hombre se le elevaron levemente las comisuras de los
labios.
-Sí, pero, bonita…
-A ver, dime
-Bonita… ¿tú me ves viejo?-preguntó el hombre, seriamente.
-Viejo… ¿viejo como para hacer qué?
El hombre no esperaba ser contestado con una pregunta. Se
tomó su tiempo para contestar pues era algo que no se había planteado.
-Pues…viejo en general, supongo
-¿Y quién decide quién es o no viejo en general? Vaya tontería…
Y mira que yo pienso que por algo lo preguntarás…
Otra respuesta en forma de pregunta que tampoco se
esperaba. “¿Viejo como para hacer qué?”.
Empezó a pensar sobre ello. Se remontó al pasado… Recordó la casa donde se
crío, a sus hermanos, a su familia. Recordó cuando le mandaron a París a
estudiar. Aquí conoció a multitud de artistas, aprendió a entender el arte y
aprendió a encontrarlo en cada baldosa de la ciudad. Se enamoró del arte de
París: de la voz de Edith Piaf y de los conciertos callejeros, que le empujaron a tocar el violín; de la Nouvelle vague, la Nueva Ola,
protagonizada por Jean-Luc Godard, François Truffaut…; de los ensayos y la
filosofía de Jean Paul Sartre; de las prostitutas parisinas de Picasso… Se
empapó de todo aquello, volaba como un pájaro entre ese ambiente de música,
cine, literatura y pintura. Llegó a pasar varios días seguidos sin dormir
gastando sus noches en interminables conversaciones con los artistas de la
ciudad y con los que, como él, venían de otros lugares. Recordó cómo se
convirtió en una víctima más de la poesía de Neruda y cómo se entusiasmó al
escuchar el rumor de que el escritor deambulaba por París en sus años de
exilio, hace ya bastante tiempo. Le vino a la mente la sensación de su primer
sorbo de “champagne” y lo poco que le fascinó. Sin embargo, ya por rutina,
siempre acababa pidiendo una pequeña copa de la famosa bebida. Pensó y pensó.
Tuvo tiempo de recordar a los que ya no estaban, a los antiguos compañeros
ahora víctimas del tiempo. Y a los que no lo eran del tiempo también. Recordó las
copas que no eran más que excusas para reírse todos juntos y las excusas que
inventaban para tomarse otra copa; los jaleos que montaban por hablar demasiado
y esas conversaciones largas, sin decir nada; la claridad con la que veían las
cosas en esas noches en vela y lo oscuro que amanecía el mundo a la mañana
siguiente… Pasaron por la mente del hombre infinidad de olores, sabores,
imágenes, texturas; recuerdos. Y pensando en sus muertos se dio cuenta de que
no temía a la muerte. No temía que las canas de su cabello le recordasen que
los días de vino y rosas llegarían en un momento a su fin, no sentía pánico
ante la idea de dejar de ser.
Tras el análisis de su vida, el hombre llegó a una
conclusión. Había podido vivir todo. Todo. O casi todo.
-Viejo como para amar-reconoció el hombre.
La prostituta, desconcertada, suspiró. Mientras ella rehuía
del amor, él lo buscaba. Ella tenía tanto por vivir y él había vivido tantas
cosas. Ella una prostituta y él un artista. Ambos adoraban una ciudad en la que
no habían nacido.
Volvió a la cabeza de la joven la idea del amor hacia ese
hombre. Sabía que no debía pensar en esas cosas, su trabajo se lo impedía. “Tú
solo sexo que es por lo que pagan, no vayas a ofrecer más de lo que te dan” le
habían dicho. Y ella siempre lo hizo así. Sin embargo, hace ya muchos años que
visita al hombre que pregunta si es viejo. Han pasado muchos años desde la
primera vez que se asomó a aquel balcón a fumar, desde que vio su pelo canoso,
su mirada desordenada.
-Nunca se es viejo para amar-sentenció
El hombre, cuya mirada hasta entonces parecía buscar el
infinito en algún rincón de la habitación, se concentró en los ojos de la
joven. Le miraban fijamente. Observó su pupila, muy negra, detrás de la cual encontró
el recuerdo de la primera vez que vio a aquella mujer. Era muy tarde, o muy
pronto, según se viese. El hombre recorría una larga avenida con un compañero,
un escritor. Los dos iban algo bebidos y fue su amigo él que le propuso irse de
putas. “Invita un servidor” había dicho y el hombre aceptó. Así fue como
conoció a la joven que siempre fumaba en su balcón. Sonrió ligeramente al
revivir aquel recuerdo. La prostituta le dejó bien claro que no iba a tener
sexo con alguien borracho así que perdieron, o ganaron, el tiempo hablando
sobre el uno y la otra. Desde entonces, el hombre siempre puso especial interés
en elegir a la joven de entre las demás prostitutas. Y la prostituta incluso le
echaba ligeramente en falta en aquellas semanas en las que el hombre se
proponía comportarse “como un ciudadano ejemplar”. Quizás una florecilla empezó
a florecer dentro de sí desde que conoció a la joven que ahora le miraba
fijamente. Un sentimiento delicado como un buen pizzicato.
Quizás ambos se amaban. Esa noche, los dos hicieron el amor
como si así fuera pero ninguno de los dos lo dijo. Y durmieron abrazados y
desnudos a pesar del frío que entraba por el balcón. Y hablaron del nombre de
sus hijos y de tener nietos y casa y familia. Y soñaron todos sus recuerdos
para poder recordar sus sueños.
Lo que el hombre no sabía era que mañana no volvería a
verla. Que tardaría mucho en volver a hacerlo o que quizás nunca lo haría. Que
por casualidades que nunca sabrá, mañana cuando llame al burdel y preguntase
por ella, no estaría. Que esa mañana, la joven prostituta se despertó antes que
él, le dio un beso y no se llevó los billetes que había sobre la mesa. Que la
prostituta no quería irse pero que tenía que hacerlo.
El hombre despertó tarde y tardó un tiempo en darse cuenta
de que se había ido. Se encontraba tan impactado que no se le ocurrió cerrar
las puertas del balcón para dejar de pasar frío. Encendió un puro. Tosió. Miró
de reojo los billetes que seguían sobre su mesilla y descubrió una nota:
“Volveré. Lo siento.”
La leyó varias veces. Así fue como, desnudo en una cama de
matrimonio y fumando un puro, fue consciente de que la amaba y de que, no, no
era viejo.
Pasaron los años. El hombre seguía aferrado a aquel mensaje
y esperaba. Esperaba a la joven para decirla que la amaba. Esperaba…
La habitación, grande, estaba iluminada por la tenue luz que
entraba por el balcón a pesar del día de lluvia. De lluvia y viento. El hombre que no era viejo observaba el
balcón y recordaba aquel momento, hace seis años, en el que descubrió que no lo
era. Tumbado en la cama, se concedió un
minuto para recordar a todas las mujeres que habían entrado en esa habitación y
se asomaron a ese balcón. Por más que intentara evitarlo, en todas y cada una
de esas mujeres veía a la joven que se había ido. En sus curvas, estaban las de
la joven que lo sentía. En sus pechos, los de los de la joven no volvía. En lo
más hondo de su mirada, las pupilas negras que escondían numerosos
recuerdos…
Como siempre que venía alguien, el hombre se encontraba
tirado en su cama, desnudo, tapado levemente por las sábanas, observando a la
mujer que fumaba en el balcón. Cada día venía una, esperando que viniese la que
dijo que vendría. El hombre ya no fumaba pues le hacía toser demasiado. Observó
el cuerpo de la mujer que se encontraba ahora mismo en el balcón. No se podía
decir que fuese una mujer mayor pero seguramente sería de las más
experimentadas en su burdel. Debía de llevar ya un tiempo ejerciendo. La
prostituta se giró y le sonrió:
-Me gusta este balcón, al asomarme me recuerda a aquel
cuadro de Dalí-dijo la mujer
Algo se encendió en la cabeza del hombre, o en el pecho,
pero al fin y al cabo ambos están conectados.
-Siempre me ha gustado que se asomen a este balcón
Entonces, se percató de un centelleo en las pupilas de la
mujer que le resultó familiar.
-Me encanta París-comentó la mujer mientras fumaba
-¿Eres de aquí?
-No, y me atrevería a decir que tú tampoco…
-No, no lo soy-el hombre que ya no fumaba pensó que esa
mujer le resultaba cada vez más familiar. Pensó que quizás era este el momento
que llevaba años esperando. Que la joven que dijo que volvería había vuelto,
algo menos joven. Lo pensó y sonrió. La mujer sonrió al ver que él sonreía. El
hombre, entusiasmado, necesitaba confirmarlo. Necesitaba que ella le dijera que
había vuelto, que le dijese que seguía sin ser viejo. Y después de eso,
hablarían del nombre de sus hijos, y de sus posibles nietos, y de vivir juntos.
Para escuchar todo esto, el hombre que no era viejo comenzó a decir:
-Tengo una pregunta que hacerte…
-A ver, dime-contestó la mujer, aún sonriendo.
-¿Tú me ves viejo?
Pasó un instante, un instante que duró toda una historia,
toda una vida. La mujer tragó saliva. Suspiró. Miró a su alrededor. El hombre
aguantaba la respiración, era ella. Seguro.
-Mmmm…no es por resultar grosera…pero yo no diría que no
eres la flor de la vida-sentenció.
El hombre lloró.
-Lo siento si te he ofendido, tú me has preguntado, ¿ocurre
algo? ¿Debería haber mentido?
-No, no es eso. Es que… se me ha metido una mujer en el ojo.
En el ojo, en la mente, en la garganta y en el pecho; y el
hombre lloró sonriendo recordando a aquella joven que se asomaba al balcón hace
tantos años y que quizás nunca lo volvería a hacer.