domingo, 19 de enero de 2014

Psicología práctica

Un día me pareció escuchar una conversación en las afueras de una facultad, de la facultad de psicología. Murmullos cortos que se camuflaban en algo parecido a:


-¿Qué estudias?
-Psicología
-¿Por qué? Con la psicología ya no hay salida, no da trabajo, ni dinero.
-Algún día tendrá que empezar Dios a sentir que lleva toda su vida solo…¿no?



Aquellos murmullos me resultaron interesantes.

domingo, 12 de enero de 2014

La joven que se asomaba al balcón

-Vuelve aquí, bonita-dijo el hombre
Las sábanas tapaban todo su cuerpo por debajo del pecho. Encendió un puro. Dio una calada, larga. Junto con el humo salieron de su boca tres palabras: “ven aquí, venga”.  Con una mano sostenía el puro mientras que la otra la deslizaba por su rostro, siendo consciente de cada relieve que formaban sus arrugas. Se toco el cabello, gris. Dio otra calada y al expulsar el aire sucio pudo observar también las arrugas de su alma, aquellas que solo él podía sentir. Tosió. Miró de reojo los billetes que yacían sobre la mesilla, al lado de la cama. Observó el cuerpo de mujer que se asomaba en el balcón, siempre le recordaba a aquel cuadro de Dalí.
La prostituta, desnuda, encendió un cigarro y fumó. El sombrero otorgaba “humanidad” a su cuerpo “impuro”. Sin embargo, el hombre nunca había conocido a una mujer más digna, más humana. Desde aquel séptimo piso observaba las calles de París siempre bonitas, misteriosas, sorprendentes, vivas a pesar de la lluvia. De la lluvia y del viento. Veía a la gente caminar: unos con prisa, otros pausados; unos alegres, otros no tanto; unos solos y otros amarrados. Podía distinguir la cara de algunos de sus clientes entre aquellos caminantes. Se colocó el cigarro entre los labios y pensó en el hombre que la observaba detrás de ella, recordó la noche en que se conocieron. Sonrió. Sonrió al recordar que no quería hacer el amor con él. Sonrió al recordar como poco a poco le fue cogiendo cariño. Sonrió sabiendo que él estaba detrás, mirándola. Por un momento, recorrió fugazmente su cabeza la idea de que quizás lo amaba. Lo descartó, ella no podía amar, no debía hacerlo. Echó una última mirada a París antes de volver a la habitación. Solo amaba a París.
-Bonita…-empezó diciendo el hombre al ver que la joven entraba
-Sí, ya lo sé, te recordaba a aquel cuadro de Dalí… -interrumpió con una sonrisa la prostituta.
Al hombre se le elevaron levemente las comisuras de los labios.
-Sí, pero, bonita…
-A ver, dime
-Bonita… ¿tú me ves viejo?-preguntó el hombre, seriamente.
-Viejo… ¿viejo como para hacer qué?
El hombre no esperaba ser contestado con una pregunta. Se tomó su tiempo para contestar pues era algo que no se había planteado.
-Pues…viejo en general, supongo
-¿Y quién decide quién es o no viejo en general? Vaya tontería… Y mira que yo pienso que por algo lo preguntarás…
Otra respuesta en forma de pregunta que tampoco se esperaba.  “¿Viejo como para hacer qué?”. Empezó a pensar sobre ello. Se remontó al pasado… Recordó la casa donde se crío, a sus hermanos, a su familia. Recordó cuando le mandaron a París a estudiar. Aquí conoció a multitud de artistas, aprendió a entender el arte y aprendió a encontrarlo en cada baldosa de la ciudad. Se enamoró del arte de París: de la voz de Edith Piaf y de los conciertos callejeros,  que le empujaron a tocar el violín; de la Nouvelle vague, la Nueva Ola, protagonizada por Jean-Luc Godard, François Truffaut…; de los ensayos y la filosofía de Jean Paul Sartre; de las prostitutas parisinas de Picasso… Se empapó de todo aquello, volaba como un pájaro entre ese ambiente de música, cine, literatura y pintura. Llegó a pasar varios días seguidos sin dormir gastando sus noches en interminables conversaciones con los artistas de la ciudad y con los que, como él, venían de otros lugares. Recordó cómo se convirtió en una víctima más de la poesía de Neruda y cómo se entusiasmó al escuchar el rumor de que el escritor deambulaba por París en sus años de exilio, hace ya bastante tiempo. Le vino a la mente la sensación de su primer sorbo de “champagne” y lo poco que le fascinó. Sin embargo, ya por rutina, siempre acababa pidiendo una pequeña copa de la famosa bebida. Pensó y pensó. Tuvo tiempo de recordar a los que ya no estaban, a los antiguos compañeros ahora víctimas del tiempo. Y a los que no lo eran del tiempo también. Recordó las copas que no eran más que excusas para reírse todos juntos y las excusas que inventaban para tomarse otra copa; los jaleos que montaban por hablar demasiado y esas conversaciones largas, sin decir nada; la claridad con la que veían las cosas en esas noches en vela y lo oscuro que amanecía el mundo a la mañana siguiente… Pasaron por la mente del hombre infinidad de olores, sabores, imágenes, texturas; recuerdos. Y pensando en sus muertos se dio cuenta de que no temía a la muerte. No temía que las canas de su cabello le recordasen que los días de vino y rosas llegarían en un momento a su fin, no sentía pánico ante la idea de dejar de ser.
Tras el análisis de su vida, el hombre llegó a una conclusión. Había podido vivir todo. Todo. O casi todo.
-Viejo como para amar-reconoció el hombre.
La prostituta, desconcertada, suspiró. Mientras ella rehuía del amor, él lo buscaba. Ella tenía tanto por vivir y él había vivido tantas cosas. Ella una prostituta y él un artista. Ambos adoraban una ciudad en la que no habían nacido.
Volvió a la cabeza de la joven la idea del amor hacia ese hombre. Sabía que no debía pensar en esas cosas, su trabajo se lo impedía. “Tú solo sexo que es por lo que pagan, no vayas a ofrecer más de lo que te dan” le habían dicho. Y ella siempre lo hizo así. Sin embargo, hace ya muchos años que visita al hombre que pregunta si es viejo. Han pasado muchos años desde la primera vez que se asomó a aquel balcón a fumar, desde que vio su pelo canoso, su mirada desordenada.
-Nunca se es viejo para amar-sentenció
El hombre, cuya mirada hasta entonces parecía buscar el infinito en algún rincón de la habitación, se concentró en los ojos de la joven. Le miraban fijamente. Observó su pupila, muy negra, detrás de la cual encontró el recuerdo de la primera vez que vio a aquella mujer. Era muy tarde, o muy pronto, según se viese. El hombre recorría una larga avenida con un compañero, un escritor. Los dos iban algo bebidos y fue su amigo él que le propuso irse de putas. “Invita un servidor” había dicho y el hombre aceptó. Así fue como conoció a la joven que siempre fumaba en su balcón. Sonrió ligeramente al revivir aquel recuerdo. La prostituta le dejó bien claro que no iba a tener sexo con alguien borracho así que perdieron, o ganaron, el tiempo hablando sobre el uno y la otra. Desde entonces, el hombre siempre puso especial interés en elegir a la joven de entre las demás prostitutas. Y la prostituta incluso le echaba ligeramente en falta en aquellas semanas en las que el hombre se proponía comportarse “como un ciudadano ejemplar”. Quizás una florecilla empezó a florecer dentro de sí desde que conoció a la joven que ahora le miraba fijamente. Un sentimiento delicado como un buen pizzicato.
Quizás ambos se amaban. Esa noche, los dos hicieron el amor como si así fuera pero ninguno de los dos lo dijo. Y durmieron abrazados y desnudos a pesar del frío que entraba por el balcón. Y hablaron del nombre de sus hijos y de tener nietos y casa y familia. Y soñaron todos sus recuerdos para poder recordar sus sueños.
Lo que el hombre no sabía era que mañana no volvería a verla. Que tardaría mucho en volver a hacerlo o que quizás nunca lo haría. Que por casualidades que nunca sabrá, mañana cuando llame al burdel y preguntase por ella, no estaría. Que esa mañana, la joven prostituta se despertó antes que él, le dio un beso y no se llevó los billetes que había sobre la mesa. Que la prostituta no quería irse pero que tenía que hacerlo.
El hombre despertó tarde y tardó un tiempo en darse cuenta de que se había ido. Se encontraba tan impactado que no se le ocurrió cerrar las puertas del balcón para dejar de pasar frío. Encendió un puro. Tosió. Miró de reojo los billetes que seguían sobre su mesilla y descubrió una nota:
“Volveré. Lo siento.”
La leyó varias veces. Así fue como, desnudo en una cama de matrimonio y fumando un puro, fue consciente de que la amaba y de que, no, no era viejo.
Pasaron los años. El hombre seguía aferrado a aquel mensaje y esperaba. Esperaba a la joven para decirla que la amaba. Esperaba…
La habitación, grande, estaba iluminada por la tenue luz que entraba por el balcón a pesar del día de lluvia. De lluvia y viento.  El hombre que no era viejo observaba el balcón y recordaba aquel momento, hace seis años, en el que descubrió que no lo era.  Tumbado en la cama, se concedió un minuto para recordar a todas las mujeres que habían entrado en esa habitación y se asomaron a ese balcón. Por más que intentara evitarlo, en todas y cada una de esas mujeres veía a la joven que se había ido. En sus curvas, estaban las de la joven que lo sentía. En sus pechos, los de los de la joven no volvía. En lo más hondo de su mirada, las pupilas negras que escondían numerosos recuerdos… 
Como siempre que venía alguien, el hombre se encontraba tirado en su cama, desnudo, tapado levemente por las sábanas, observando a la mujer que fumaba en el balcón. Cada día venía una, esperando que viniese la que dijo que vendría. El hombre ya no fumaba pues le hacía toser demasiado. Observó el cuerpo de la mujer que se encontraba ahora mismo en el balcón. No se podía decir que fuese una mujer mayor pero seguramente sería de las más experimentadas en su burdel. Debía de llevar ya un tiempo ejerciendo. La prostituta se giró y le sonrió:
-Me gusta este balcón, al asomarme me recuerda a aquel cuadro de Dalí-dijo la mujer
Algo se encendió en la cabeza del hombre, o en el pecho, pero al fin y al cabo ambos están conectados.
-Siempre me ha gustado que se asomen a este balcón
Entonces, se percató de un centelleo en las pupilas de la mujer que le resultó familiar.
-Me encanta París-comentó la mujer mientras fumaba
-¿Eres de aquí?
-No, y me atrevería a decir que tú tampoco…
-No, no lo soy-el hombre que ya no fumaba pensó que esa mujer le resultaba cada vez más familiar. Pensó que quizás era este el momento que llevaba años esperando. Que la joven que dijo que volvería había vuelto, algo menos joven. Lo pensó y sonrió. La mujer sonrió al ver que él sonreía. El hombre, entusiasmado, necesitaba confirmarlo. Necesitaba que ella le dijera que había vuelto, que le dijese que seguía sin ser viejo. Y después de eso, hablarían del nombre de sus hijos, y de sus posibles nietos, y de vivir juntos. Para escuchar todo esto, el hombre que no era viejo comenzó a decir:
-Tengo una pregunta que hacerte…
-A ver, dime-contestó la mujer, aún sonriendo.
-¿Tú me ves viejo?
Pasó un instante, un instante que duró toda una historia, toda una vida. La mujer tragó saliva. Suspiró. Miró a su alrededor. El hombre aguantaba la respiración, era ella. Seguro.
-Mmmm…no es por resultar grosera…pero yo no diría que no eres la flor de la vida-sentenció.
El hombre lloró.
-Lo siento si te he ofendido, tú me has preguntado, ¿ocurre algo? ¿Debería haber mentido?
-No, no es eso. Es que… se me ha metido una mujer en el ojo.



En el ojo, en la mente, en la garganta y en el pecho; y el hombre lloró sonriendo recordando a aquella joven que se asomaba al balcón hace tantos años y que quizás nunca lo volvería a hacer.

lunes, 16 de diciembre de 2013

I

Veo en tus ojos la muerte,
tu mirada en mi;
en tu iris de infinito,
color imposible
Ya no vive la suerte
salvo en océanos
sin patria, nunca benditos;
como son los tuyos
Y yo siempre afluente
de tu iris de río,
desemboco en su abrigo
y encuentro sin buscar
Desde el minarete
cimentado en córnea
yo descubro, erguido,
un mundo nuevo
No hay objeto inerte
que al oír, sentir
tus azules sonidos;
no viva algo más.

"Solo un poco más"-piden
También quieren, como yo,
descubrir en tus ojos
el mundo refundado,
hermoso,
como tus ojos de revolución.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Ya no...

Un hombre echa la vista atrás y recuerda...

Ya no hay personas que son menos personas que otras, ni niños que no son niños, ni bosques que ya no lo son. El mar es mar, el viento es viento. La dignidad ya no se compra, ahora la vida nos la presta durante toda una vida y sin intereses de ningún tipo. Los hay que siguen temiendo a la muerte pero a nadie le asusta ya la vida. Los que eran tachados de locos, de soñadores; resultan ser ahora los más cuerdos y sus nombres inundan las calles y las plazas y su muerte llena de orgullo a la gente. Ya no hay que olvidar a los que lucharon y la lucha ya ha terminado. Ya no se enseña a competir, ahora se predica la solidaridad. Ya no somos del "divide y vencerás" sino del "juntos somos más". Ya no hay supersticiones, ni mucho menos religiones pues ya no hay dioses. No recuerdo que les ocurrió; a veces creo pensar que murieron, o se suicidaron, o simplemente huyeron, otras veces pienso que acabamos con ellos, o que tal vez nunca existieron, o que puede fuésemos nosotros mismos los dioses y que, ocupados sufriendo, se nos hubiese olvidado. Ya no hay fascismo, ni nazismo. El hombre ya no explota al hombre. Ya no se condena al que grita y todas las voces resuenan con la misma intensidad. Ya no hay cárceles con barrotes de miedo, ni de ignorancia, ni de mentiras, ni de engaños. Ya no hay sogas fabricadas con deudas, ni con estrés, ni con preocupaciones... La palabra "hambre" está en peligro de extinción pues no hay estómagos vacíos. Los niños ríen como niños y los adultos también. El hombre manda sobre el dinero y solo el tiempo y la luz avanzan más rápido que nuestra ilusión. La esperanza se desborda en los ojos de la gente y las calles se inundan de personas, no de números. La noche se viste con todas sus estrellas y la Luna ya no se siente sola, ya no hay humo negro. La humanidad, hija de la naturaleza, ya no maltrata a su propia madre...

"Me atrevería a decir que no hay nada más desolador que sentir nostalgia de un mundo que aún no existe, de personas que aún no viven...-piensa el hombre- hay que ponerse a ello".

martes, 12 de noviembre de 2013

El anciano

Yo estaba sentado esa mañana en el banco de aquel parque. Era uno de esos instantes en los que a uno le gusta no pertenecer a nada y observar todo desde fuera. Comencé a escudriñar todo. La "escudriñación" es una tarea laboriosa pues, aunque se parezca al simple hecho de mirar, también hay que sacar conclusiones y eso no siempre es fácil. Sin embargo, en ese momento estaba lo suficientemente descansado como para hacerlo.
El sol inundaba el parque y le daba un aire de alegría; las flores, blancas y moradas, estaban dispuestas de una forma tan armoniosa que pensé que tendrían que haber sido colocadas así a propósito. Algún pájaro revoloteaba pero la mayoría se agrupaban en pequeños grupos en las ramas más bajas. Supongo que sería por el frío, estábamos en esa época en la que no me atrevería a apostar ni por el invierno ni por la primavera. Todo estaba bastante tranquilo pero no del todo quieto.
Entonces, un grupo de ancianos se presentaron con un andar atlético en el centro del parque. Se movían como un bloque, casi habría dicho que formaban un único ser sino hubiese sido por la torpeza con que caminaba el último hombre. Destrozaba por completo la solidez del grupo. Se sentaron todos y empezaron a jugar a las cartas, al parecer por turnos de cuatro; por lo que tres de ellos se dispusieron a observar. Entre ellos, el viejo torpe. No podía evitar fijarme en él, era como ese gran lunar que altera sin quererlo unas mejillas completamente blancas. Mientras todos reían y gritaban, este parecía impasible, indiferente a todo. Me llegó a desquiciar su falta de ganas y no soportaba verle aislado del grupo. Los demás no le habían dirigido todavía la palabra y me atrevería a apostar a que tampoco una simple mirada. ¡Era como si no existiera! Estuve bombardeándolo con toda clase de miradas con la esperanza de que hiciera algo, ¡simplemente que hiciera algo! Fue entonces cuando, solo por un instante, me fijé en sus ojos. Estaban tristes, apagados. Llegué a pensar que trataban de pedir algo pues parecían llenos de sentimientos. Ese instante acabó y volví a ver desde fuera al anciano desquiciante que no hacía más que méritos para ser ignorado. Sentía pena y rabia por él... De repente, metió la mano en el bolsillo. Era un simple movimiento pero, después de haberle visto durante media hora sin hacer absolutamente nada, no podía evitar darle importancia. Y casi se me había olvidado que estaba vivo. Permaneció unos siete minutos con la mano en el bolsillo y nadie menos yo le proporcionó la más mínima atención. Entonces, sacó una pequeña pistola y se voló la cabeza. Todos sus compañeros entraron en pánico, tiraron la baraja de cartas, comenzaron a gritar y uno hasta se quemó con el cigarrillo que fumaba. En unos segundos todos rodeaban a su amigo mientras le lloraban.

"Es curioso, ahora parece más vivo que antes",pensé.

lunes, 21 de octubre de 2013

Una lágrima

En una lágrima soy capaz de decirlo todo. Me sobran todas las demás. Quiero que caiga y no quiero, quiero sentirla y la siento. Una única gota esconde miles de fragancias que creía haber olvidado: la delgadez de tus labios cuando sonríes, tus rizos sin orden, tu piel caliente, tus gritos de entusiasmo, tus abrazos suaves, tus besos pausados, tu ideas que vuelan; y tus ojos. Esa mirada grande, tímida, que sin pretenderlo anima a quererte. Vaya que sí lo hace... Es curioso como el sabor salado de una lágrima me hace probar dulces y amargos recuerdos, y como el regular trayecto de la gota es capaz de transmitirme el más profundo caos, confusión, inseguridad. ¿Qué la empuja a caer? Me pregunto. Claro que es la gravedad la que la desliza por mi mejilla pero, ¿por qué cae? ¿Qué la empuja? ¿No serás tú? Tú, esa luz en mi pupila; ese destello de rabia, ese fugaz impulso que me anima a luchar. Tienes que haber sido tú. Al fin y al cabo, la misma razón que me da fuerzas me las quita. Pero, ¿qué culpa tengo yo de quererte? ¿De soñarte? ¿De dibujarte en suspiros? ¿De reconocer en tu cuerpo el arte? ¿Por qué lo hago si no quieres que lo haga? Echémosle la culpa a este corazón rebelde que no aprenderá a rendirse, ni a dejar de soñar nunca. Y, yo, tan propenso a olvidar mis cosas no soy ahora capaz de soltarte. El tiempo y tú vais de la mano y yo siempre voy detrás, perdido, sin saber cuál será el próximo paso. Tú, que vas delante, perfectamente sabes que vas a hacer pero, ¿y yo? ¿Qué cojones hago yo? Que no tengo ni idea de a dónde estamos yendo, que no veo más que tus huellas y las marcas del tiempo. Y podremos engañarnos a nosotros mismos todas las veces que queramos pero quienes sí que no engañan son las lágrimas y los dos sabemos a que saben. ¿Podemos dejar ya de engañarnos? ¿De hacer como si nada pasara? ¿Por qué no nos dejamos querer más fuerte? No faltan ganas por mi parte.

Y no es poco el tiempo que llevamos así, y parece que no aprendemos que el amor no se puede matar a la fuerza pues siempre habrá recuerdos que lo rieguen, que todo artista necesita una musa, toda veleta su viento que la empuje, toda bailarina la música que la haga empezar a bailar.

Todo esto, y más, es una lágrima. Mi particular lágrima.

viernes, 11 de octubre de 2013

Autoatentado

Noches de autoatentados. Noches en las que me condeno sin ni siquiera juzgarme. Noches en las que soy déspota de mi propia mente. Odio esas noches en las que me odio y os odio y, sin embargo, siempre acabando cayendo en sus garras cada cierto tiempo y me pierdo rodeado del humo negro que desprenden. Esas noches en las que no dejo de descubrirme y de castigarme constantemente. Esas noches en las que me siento solo y quiero estarlo, pero las mismas en las que no dejo de desear que venga alguien a estar conmigo. Son estas noches las que marcan el final de un periodo que volverá a empezar para, más adelante, volver a acabar. Y así sucesivamente... Todo son ciclos, todo fluye, todo cambia. Nuestros sentimientos son líquidos como el agua: necesarios, abundantes y libres; decididos. No siguen reglas, no tienen dueño, ejemplos de rebeldía donde los haya. Y, hoy; rabia, frustración, odio, desesperación, desamparo, nostalgia, envidia y desasosiego parecen haberse puesto de acuerdo para hacerse notar. Se manifiestan al unísono y sin embargo no soy capaz de saber que me piden. ¿Qué queréis? ¿Por qué otra noche todos a la vez? ¿Por qué con tanta fuerza? Un cosquilleo recorre mi espalda y una idea disfrazada de pinchazo se clava en mi mente. Duele. Me duele pensar, me duele escribir. No quiero pensar pues sé, que si lo hago, me volveré débil y aprovecharán para abalanzarse sobre mí. No quiero permitir eso, tengo que saber vencerlo, al fin y al cabo es mi mente, ¿no? Como muchas otras antes que la de hoy, esta noche volverá a tener lugar una nueva batalla mental; peligrosas son este tipo de disputas pues no son bombas las armas que se emplean sino ideas, imágenes, momentos y sobretodo, recuerdos. ¡Ojalá me bombardearan unas simples bombas pues al menos sabría dónde refugiarme! Pero no es el caso. Los recuerdos se lanzan sobre mí y no hay lugar donde protegerse en el desierto de mi mente. Otra noche más toca enfrentarse a las ideas, otra noche de dilemas morales, otra noche que habrá que vencer.