martes, 12 de noviembre de 2013

El anciano

Yo estaba sentado esa mañana en el banco de aquel parque. Era uno de esos instantes en los que a uno le gusta no pertenecer a nada y observar todo desde fuera. Comencé a escudriñar todo. La "escudriñación" es una tarea laboriosa pues, aunque se parezca al simple hecho de mirar, también hay que sacar conclusiones y eso no siempre es fácil. Sin embargo, en ese momento estaba lo suficientemente descansado como para hacerlo.
El sol inundaba el parque y le daba un aire de alegría; las flores, blancas y moradas, estaban dispuestas de una forma tan armoniosa que pensé que tendrían que haber sido colocadas así a propósito. Algún pájaro revoloteaba pero la mayoría se agrupaban en pequeños grupos en las ramas más bajas. Supongo que sería por el frío, estábamos en esa época en la que no me atrevería a apostar ni por el invierno ni por la primavera. Todo estaba bastante tranquilo pero no del todo quieto.
Entonces, un grupo de ancianos se presentaron con un andar atlético en el centro del parque. Se movían como un bloque, casi habría dicho que formaban un único ser sino hubiese sido por la torpeza con que caminaba el último hombre. Destrozaba por completo la solidez del grupo. Se sentaron todos y empezaron a jugar a las cartas, al parecer por turnos de cuatro; por lo que tres de ellos se dispusieron a observar. Entre ellos, el viejo torpe. No podía evitar fijarme en él, era como ese gran lunar que altera sin quererlo unas mejillas completamente blancas. Mientras todos reían y gritaban, este parecía impasible, indiferente a todo. Me llegó a desquiciar su falta de ganas y no soportaba verle aislado del grupo. Los demás no le habían dirigido todavía la palabra y me atrevería a apostar a que tampoco una simple mirada. ¡Era como si no existiera! Estuve bombardeándolo con toda clase de miradas con la esperanza de que hiciera algo, ¡simplemente que hiciera algo! Fue entonces cuando, solo por un instante, me fijé en sus ojos. Estaban tristes, apagados. Llegué a pensar que trataban de pedir algo pues parecían llenos de sentimientos. Ese instante acabó y volví a ver desde fuera al anciano desquiciante que no hacía más que méritos para ser ignorado. Sentía pena y rabia por él... De repente, metió la mano en el bolsillo. Era un simple movimiento pero, después de haberle visto durante media hora sin hacer absolutamente nada, no podía evitar darle importancia. Y casi se me había olvidado que estaba vivo. Permaneció unos siete minutos con la mano en el bolsillo y nadie menos yo le proporcionó la más mínima atención. Entonces, sacó una pequeña pistola y se voló la cabeza. Todos sus compañeros entraron en pánico, tiraron la baraja de cartas, comenzaron a gritar y uno hasta se quemó con el cigarrillo que fumaba. En unos segundos todos rodeaban a su amigo mientras le lloraban.

"Es curioso, ahora parece más vivo que antes",pensé.