En una lágrima soy capaz de decirlo todo. Me sobran todas las demás. Quiero que caiga y no quiero, quiero sentirla y la siento. Una única gota esconde miles de fragancias que creía haber olvidado: la delgadez de tus labios cuando sonríes, tus rizos sin orden, tu piel caliente, tus gritos de entusiasmo, tus abrazos suaves, tus besos pausados, tu ideas que vuelan; y tus ojos. Esa mirada grande, tímida, que sin pretenderlo anima a quererte. Vaya que sí lo hace... Es curioso como el sabor salado de una lágrima me hace probar dulces y amargos recuerdos, y como el regular trayecto de la gota es capaz de transmitirme el más profundo caos, confusión, inseguridad. ¿Qué la empuja a caer? Me pregunto. Claro que es la gravedad la que la desliza por mi mejilla pero, ¿por qué cae? ¿Qué la empuja? ¿No serás tú? Tú, esa luz en mi pupila; ese destello de rabia, ese fugaz impulso que me anima a luchar. Tienes que haber sido tú. Al fin y al cabo, la misma razón que me da fuerzas me las quita. Pero, ¿qué culpa tengo yo de quererte? ¿De soñarte? ¿De dibujarte en suspiros? ¿De reconocer en tu cuerpo el arte? ¿Por qué lo hago si no quieres que lo haga? Echémosle la culpa a este corazón rebelde que no aprenderá a rendirse, ni a dejar de soñar nunca. Y, yo, tan propenso a olvidar mis cosas no soy ahora capaz de soltarte. El tiempo y tú vais de la mano y yo siempre voy detrás, perdido, sin saber cuál será el próximo paso. Tú, que vas delante, perfectamente sabes que vas a hacer pero, ¿y yo? ¿Qué cojones hago yo? Que no tengo ni idea de a dónde estamos yendo, que no veo más que tus huellas y las marcas del tiempo. Y podremos engañarnos a nosotros mismos todas las veces que queramos pero quienes sí que no engañan son las lágrimas y los dos sabemos a que saben. ¿Podemos dejar ya de engañarnos? ¿De hacer como si nada pasara? ¿Por qué no nos dejamos querer más fuerte? No faltan ganas por mi parte.
Y no es poco el tiempo que llevamos así, y parece que no aprendemos que el amor no se puede matar a la fuerza pues siempre habrá recuerdos que lo rieguen, que todo artista necesita una musa, toda veleta su viento que la empuje, toda bailarina la música que la haga empezar a bailar.
Todo esto, y más, es una lágrima. Mi particular lágrima.
lunes, 21 de octubre de 2013
viernes, 11 de octubre de 2013
Autoatentado
Noches de autoatentados. Noches en las que me condeno sin ni siquiera juzgarme. Noches en las que soy déspota de mi propia mente. Odio esas noches en las que me odio y os odio y, sin embargo, siempre acabando cayendo en sus garras cada cierto tiempo y me pierdo rodeado del humo negro que desprenden. Esas noches en las que no dejo de descubrirme y de castigarme constantemente. Esas noches en las que me siento solo y quiero estarlo, pero las mismas en las que no dejo de desear que venga alguien a estar conmigo. Son estas noches las que marcan el final de un periodo que volverá a empezar para, más adelante, volver a acabar. Y así sucesivamente... Todo son ciclos, todo fluye, todo cambia. Nuestros sentimientos son líquidos como el agua: necesarios, abundantes y libres; decididos. No siguen reglas, no tienen dueño, ejemplos de rebeldía donde los haya. Y, hoy; rabia, frustración, odio, desesperación, desamparo, nostalgia, envidia y desasosiego parecen haberse puesto de acuerdo para hacerse notar. Se manifiestan al unísono y sin embargo no soy capaz de saber que me piden. ¿Qué queréis? ¿Por qué otra noche todos a la vez? ¿Por qué con tanta fuerza? Un cosquilleo recorre mi espalda y una idea disfrazada de pinchazo se clava en mi mente. Duele. Me duele pensar, me duele escribir. No quiero pensar pues sé, que si lo hago, me volveré débil y aprovecharán para abalanzarse sobre mí. No quiero permitir eso, tengo que saber vencerlo, al fin y al cabo es mi mente, ¿no? Como muchas otras antes que la de hoy, esta noche volverá a tener lugar una nueva batalla mental; peligrosas son este tipo de disputas pues no son bombas las armas que se emplean sino ideas, imágenes, momentos y sobretodo, recuerdos. ¡Ojalá me bombardearan unas simples bombas pues al menos sabría dónde refugiarme! Pero no es el caso. Los recuerdos se lanzan sobre mí y no hay lugar donde protegerse en el desierto de mi mente. Otra noche más toca enfrentarse a las ideas, otra noche de dilemas morales, otra noche que habrá que vencer.
sábado, 5 de octubre de 2013
Canción de una noche
La noche es como una canción, como un poema, como una pintura o como una pequeña historia.
Nosotros éramos jóvenes, alocados, éramos artistas. Recuerdo que zigzagueábamos ligeramente por las calles de Madrid que, ahora, parecían ser todas nuestras. La Luna nos había enseñado a no perder ni un segundo y guiaba nuestros pasos por la oscura calzada. Artistas nos llamaban pero, ¿qué es el arte? Nosotros solo bailábamos y escribíamos, escribíamos y bailábamos. Lo demás poco nos importaba y menos esa noche, pues teníamos las riendas. Esa noche éramos libres, nada nos ataba, éramos los dueños. Entonces, quizá por capricho de alguna estrella, empezamos a escucharlo. Ese atrayente saxofón nos estaba llamando, nos invitó a seguirlo. Sonaba lejano. No hizo falta ni mirarnos para ponernos de acuerdo, se nos ensanchó la sonrisa pícara y nuestro andar avanzó hipnotizado por el sonido. A medida que nos acercábamos percibíamos nuevas sensaciones hasta que estuvimos lo suficientemente cerca como para sentir el ostinato del contrabajo. Nuestra cabeza daba vueltas y nuestra mente parecía estar muy lejos ya. Con los pensamientos conversando con la Luna, llegamos a la puerta del local. Nunca había visto una calle tan oscura y a la vez tan llena de vida. La gente fumaba bajo el cartel de neón de la entrada, el cual era el único que contaminaba la bella oscuridad. Entramos con un andar torpe, serpenteado y alegre. El ambiente tenue y el humo de dentro del local nos nubló la vista, cuando ya fuimos capaces de acostumbrarnos al ambiente nos dimos cuenta de que parecíamos estar en otro mundo, muy, muy lejos de donde veníamos. De repente, olvidamos todo lo que sabíamos y nos dejamos mecer por la música, esa música que parecía formar una nube sobre nuestras cabezas y que hacía chispear suavemente notas sobre nuestros cuerpos antes secos. Tomamos asiento y pedimos una copa que, como el ritmo constante del contrabajo, no se acabaría nunca. El rebelde saxofón comenzó, sin ni siquiera avisar, a producir un ritmo descontrolado y, sin poder evitarlo, mi querida bailarina empezó a marcar el ritmo con su pierna izquierda. Cuando me quise dar cuenta, todo su cuerpo se movía al ritmo de la música y con sus aparentemente simples movimientos de cadera era capaz de transmitirme todo. Todo. Entonces, la música me llamó a mi también y, aunque bastante más torpe, también mi cuerpo cayó rendido a los pies de aquellos instrumentos. Así nos pasamos horas, arropados por todos esos sonidos, moviéndonos como unos sosegados locos. De vez en cuando cerrábamos los ojos para sentirnos aún más fuera del mundo y poder apreciar mejor la combinación de notas. Sin necesidad de usar ni siquiera una palabra, nos pusimos de acuerdo para descansar un poco. Volvimos a sentarnos, y fueron muchas las horas que permanecimos allí hablando de todo. Discutiendo, riendo y volviendo a discutir; siempre con el mismo ostinato de fondo. Creo recordar que esa noche no se acabó nunca y junto a ella, es música constante, es jazz tan mecedor, ese saxofón rebelde.
Nosotros éramos jóvenes, alocados, éramos artistas. Recuerdo que zigzagueábamos ligeramente por las calles de Madrid que, ahora, parecían ser todas nuestras. La Luna nos había enseñado a no perder ni un segundo y guiaba nuestros pasos por la oscura calzada. Artistas nos llamaban pero, ¿qué es el arte? Nosotros solo bailábamos y escribíamos, escribíamos y bailábamos. Lo demás poco nos importaba y menos esa noche, pues teníamos las riendas. Esa noche éramos libres, nada nos ataba, éramos los dueños. Entonces, quizá por capricho de alguna estrella, empezamos a escucharlo. Ese atrayente saxofón nos estaba llamando, nos invitó a seguirlo. Sonaba lejano. No hizo falta ni mirarnos para ponernos de acuerdo, se nos ensanchó la sonrisa pícara y nuestro andar avanzó hipnotizado por el sonido. A medida que nos acercábamos percibíamos nuevas sensaciones hasta que estuvimos lo suficientemente cerca como para sentir el ostinato del contrabajo. Nuestra cabeza daba vueltas y nuestra mente parecía estar muy lejos ya. Con los pensamientos conversando con la Luna, llegamos a la puerta del local. Nunca había visto una calle tan oscura y a la vez tan llena de vida. La gente fumaba bajo el cartel de neón de la entrada, el cual era el único que contaminaba la bella oscuridad. Entramos con un andar torpe, serpenteado y alegre. El ambiente tenue y el humo de dentro del local nos nubló la vista, cuando ya fuimos capaces de acostumbrarnos al ambiente nos dimos cuenta de que parecíamos estar en otro mundo, muy, muy lejos de donde veníamos. De repente, olvidamos todo lo que sabíamos y nos dejamos mecer por la música, esa música que parecía formar una nube sobre nuestras cabezas y que hacía chispear suavemente notas sobre nuestros cuerpos antes secos. Tomamos asiento y pedimos una copa que, como el ritmo constante del contrabajo, no se acabaría nunca. El rebelde saxofón comenzó, sin ni siquiera avisar, a producir un ritmo descontrolado y, sin poder evitarlo, mi querida bailarina empezó a marcar el ritmo con su pierna izquierda. Cuando me quise dar cuenta, todo su cuerpo se movía al ritmo de la música y con sus aparentemente simples movimientos de cadera era capaz de transmitirme todo. Todo. Entonces, la música me llamó a mi también y, aunque bastante más torpe, también mi cuerpo cayó rendido a los pies de aquellos instrumentos. Así nos pasamos horas, arropados por todos esos sonidos, moviéndonos como unos sosegados locos. De vez en cuando cerrábamos los ojos para sentirnos aún más fuera del mundo y poder apreciar mejor la combinación de notas. Sin necesidad de usar ni siquiera una palabra, nos pusimos de acuerdo para descansar un poco. Volvimos a sentarnos, y fueron muchas las horas que permanecimos allí hablando de todo. Discutiendo, riendo y volviendo a discutir; siempre con el mismo ostinato de fondo. Creo recordar que esa noche no se acabó nunca y junto a ella, es música constante, es jazz tan mecedor, ese saxofón rebelde.
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