La noche es como una canción, como un poema, como una pintura o como una pequeña historia.
Nosotros éramos jóvenes, alocados, éramos artistas. Recuerdo que zigzagueábamos ligeramente por las calles de Madrid que, ahora, parecían ser todas nuestras. La Luna nos había enseñado a no perder ni un segundo y guiaba nuestros pasos por la oscura calzada. Artistas nos llamaban pero, ¿qué es el arte? Nosotros solo bailábamos y escribíamos, escribíamos y bailábamos. Lo demás poco nos importaba y menos esa noche, pues teníamos las riendas. Esa noche éramos libres, nada nos ataba, éramos los dueños. Entonces, quizá por capricho de alguna estrella, empezamos a escucharlo. Ese atrayente saxofón nos estaba llamando, nos invitó a seguirlo. Sonaba lejano. No hizo falta ni mirarnos para ponernos de acuerdo, se nos ensanchó la sonrisa pícara y nuestro andar avanzó hipnotizado por el sonido. A medida que nos acercábamos percibíamos nuevas sensaciones hasta que estuvimos lo suficientemente cerca como para sentir el ostinato del contrabajo. Nuestra cabeza daba vueltas y nuestra mente parecía estar muy lejos ya. Con los pensamientos conversando con la Luna, llegamos a la puerta del local. Nunca había visto una calle tan oscura y a la vez tan llena de vida. La gente fumaba bajo el cartel de neón de la entrada, el cual era el único que contaminaba la bella oscuridad. Entramos con un andar torpe, serpenteado y alegre. El ambiente tenue y el humo de dentro del local nos nubló la vista, cuando ya fuimos capaces de acostumbrarnos al ambiente nos dimos cuenta de que parecíamos estar en otro mundo, muy, muy lejos de donde veníamos. De repente, olvidamos todo lo que sabíamos y nos dejamos mecer por la música, esa música que parecía formar una nube sobre nuestras cabezas y que hacía chispear suavemente notas sobre nuestros cuerpos antes secos. Tomamos asiento y pedimos una copa que, como el ritmo constante del contrabajo, no se acabaría nunca. El rebelde saxofón comenzó, sin ni siquiera avisar, a producir un ritmo descontrolado y, sin poder evitarlo, mi querida bailarina empezó a marcar el ritmo con su pierna izquierda. Cuando me quise dar cuenta, todo su cuerpo se movía al ritmo de la música y con sus aparentemente simples movimientos de cadera era capaz de transmitirme todo. Todo. Entonces, la música me llamó a mi también y, aunque bastante más torpe, también mi cuerpo cayó rendido a los pies de aquellos instrumentos. Así nos pasamos horas, arropados por todos esos sonidos, moviéndonos como unos sosegados locos. De vez en cuando cerrábamos los ojos para sentirnos aún más fuera del mundo y poder apreciar mejor la combinación de notas. Sin necesidad de usar ni siquiera una palabra, nos pusimos de acuerdo para descansar un poco. Volvimos a sentarnos, y fueron muchas las horas que permanecimos allí hablando de todo. Discutiendo, riendo y volviendo a discutir; siempre con el mismo ostinato de fondo. Creo recordar que esa noche no se acabó nunca y junto a ella, es música constante, es jazz tan mecedor, ese saxofón rebelde.