lunes, 16 de diciembre de 2013

I

Veo en tus ojos la muerte,
tu mirada en mi;
en tu iris de infinito,
color imposible
Ya no vive la suerte
salvo en océanos
sin patria, nunca benditos;
como son los tuyos
Y yo siempre afluente
de tu iris de río,
desemboco en su abrigo
y encuentro sin buscar
Desde el minarete
cimentado en córnea
yo descubro, erguido,
un mundo nuevo
No hay objeto inerte
que al oír, sentir
tus azules sonidos;
no viva algo más.

"Solo un poco más"-piden
También quieren, como yo,
descubrir en tus ojos
el mundo refundado,
hermoso,
como tus ojos de revolución.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Ya no...

Un hombre echa la vista atrás y recuerda...

Ya no hay personas que son menos personas que otras, ni niños que no son niños, ni bosques que ya no lo son. El mar es mar, el viento es viento. La dignidad ya no se compra, ahora la vida nos la presta durante toda una vida y sin intereses de ningún tipo. Los hay que siguen temiendo a la muerte pero a nadie le asusta ya la vida. Los que eran tachados de locos, de soñadores; resultan ser ahora los más cuerdos y sus nombres inundan las calles y las plazas y su muerte llena de orgullo a la gente. Ya no hay que olvidar a los que lucharon y la lucha ya ha terminado. Ya no se enseña a competir, ahora se predica la solidaridad. Ya no somos del "divide y vencerás" sino del "juntos somos más". Ya no hay supersticiones, ni mucho menos religiones pues ya no hay dioses. No recuerdo que les ocurrió; a veces creo pensar que murieron, o se suicidaron, o simplemente huyeron, otras veces pienso que acabamos con ellos, o que tal vez nunca existieron, o que puede fuésemos nosotros mismos los dioses y que, ocupados sufriendo, se nos hubiese olvidado. Ya no hay fascismo, ni nazismo. El hombre ya no explota al hombre. Ya no se condena al que grita y todas las voces resuenan con la misma intensidad. Ya no hay cárceles con barrotes de miedo, ni de ignorancia, ni de mentiras, ni de engaños. Ya no hay sogas fabricadas con deudas, ni con estrés, ni con preocupaciones... La palabra "hambre" está en peligro de extinción pues no hay estómagos vacíos. Los niños ríen como niños y los adultos también. El hombre manda sobre el dinero y solo el tiempo y la luz avanzan más rápido que nuestra ilusión. La esperanza se desborda en los ojos de la gente y las calles se inundan de personas, no de números. La noche se viste con todas sus estrellas y la Luna ya no se siente sola, ya no hay humo negro. La humanidad, hija de la naturaleza, ya no maltrata a su propia madre...

"Me atrevería a decir que no hay nada más desolador que sentir nostalgia de un mundo que aún no existe, de personas que aún no viven...-piensa el hombre- hay que ponerse a ello".

martes, 12 de noviembre de 2013

El anciano

Yo estaba sentado esa mañana en el banco de aquel parque. Era uno de esos instantes en los que a uno le gusta no pertenecer a nada y observar todo desde fuera. Comencé a escudriñar todo. La "escudriñación" es una tarea laboriosa pues, aunque se parezca al simple hecho de mirar, también hay que sacar conclusiones y eso no siempre es fácil. Sin embargo, en ese momento estaba lo suficientemente descansado como para hacerlo.
El sol inundaba el parque y le daba un aire de alegría; las flores, blancas y moradas, estaban dispuestas de una forma tan armoniosa que pensé que tendrían que haber sido colocadas así a propósito. Algún pájaro revoloteaba pero la mayoría se agrupaban en pequeños grupos en las ramas más bajas. Supongo que sería por el frío, estábamos en esa época en la que no me atrevería a apostar ni por el invierno ni por la primavera. Todo estaba bastante tranquilo pero no del todo quieto.
Entonces, un grupo de ancianos se presentaron con un andar atlético en el centro del parque. Se movían como un bloque, casi habría dicho que formaban un único ser sino hubiese sido por la torpeza con que caminaba el último hombre. Destrozaba por completo la solidez del grupo. Se sentaron todos y empezaron a jugar a las cartas, al parecer por turnos de cuatro; por lo que tres de ellos se dispusieron a observar. Entre ellos, el viejo torpe. No podía evitar fijarme en él, era como ese gran lunar que altera sin quererlo unas mejillas completamente blancas. Mientras todos reían y gritaban, este parecía impasible, indiferente a todo. Me llegó a desquiciar su falta de ganas y no soportaba verle aislado del grupo. Los demás no le habían dirigido todavía la palabra y me atrevería a apostar a que tampoco una simple mirada. ¡Era como si no existiera! Estuve bombardeándolo con toda clase de miradas con la esperanza de que hiciera algo, ¡simplemente que hiciera algo! Fue entonces cuando, solo por un instante, me fijé en sus ojos. Estaban tristes, apagados. Llegué a pensar que trataban de pedir algo pues parecían llenos de sentimientos. Ese instante acabó y volví a ver desde fuera al anciano desquiciante que no hacía más que méritos para ser ignorado. Sentía pena y rabia por él... De repente, metió la mano en el bolsillo. Era un simple movimiento pero, después de haberle visto durante media hora sin hacer absolutamente nada, no podía evitar darle importancia. Y casi se me había olvidado que estaba vivo. Permaneció unos siete minutos con la mano en el bolsillo y nadie menos yo le proporcionó la más mínima atención. Entonces, sacó una pequeña pistola y se voló la cabeza. Todos sus compañeros entraron en pánico, tiraron la baraja de cartas, comenzaron a gritar y uno hasta se quemó con el cigarrillo que fumaba. En unos segundos todos rodeaban a su amigo mientras le lloraban.

"Es curioso, ahora parece más vivo que antes",pensé.

lunes, 21 de octubre de 2013

Una lágrima

En una lágrima soy capaz de decirlo todo. Me sobran todas las demás. Quiero que caiga y no quiero, quiero sentirla y la siento. Una única gota esconde miles de fragancias que creía haber olvidado: la delgadez de tus labios cuando sonríes, tus rizos sin orden, tu piel caliente, tus gritos de entusiasmo, tus abrazos suaves, tus besos pausados, tu ideas que vuelan; y tus ojos. Esa mirada grande, tímida, que sin pretenderlo anima a quererte. Vaya que sí lo hace... Es curioso como el sabor salado de una lágrima me hace probar dulces y amargos recuerdos, y como el regular trayecto de la gota es capaz de transmitirme el más profundo caos, confusión, inseguridad. ¿Qué la empuja a caer? Me pregunto. Claro que es la gravedad la que la desliza por mi mejilla pero, ¿por qué cae? ¿Qué la empuja? ¿No serás tú? Tú, esa luz en mi pupila; ese destello de rabia, ese fugaz impulso que me anima a luchar. Tienes que haber sido tú. Al fin y al cabo, la misma razón que me da fuerzas me las quita. Pero, ¿qué culpa tengo yo de quererte? ¿De soñarte? ¿De dibujarte en suspiros? ¿De reconocer en tu cuerpo el arte? ¿Por qué lo hago si no quieres que lo haga? Echémosle la culpa a este corazón rebelde que no aprenderá a rendirse, ni a dejar de soñar nunca. Y, yo, tan propenso a olvidar mis cosas no soy ahora capaz de soltarte. El tiempo y tú vais de la mano y yo siempre voy detrás, perdido, sin saber cuál será el próximo paso. Tú, que vas delante, perfectamente sabes que vas a hacer pero, ¿y yo? ¿Qué cojones hago yo? Que no tengo ni idea de a dónde estamos yendo, que no veo más que tus huellas y las marcas del tiempo. Y podremos engañarnos a nosotros mismos todas las veces que queramos pero quienes sí que no engañan son las lágrimas y los dos sabemos a que saben. ¿Podemos dejar ya de engañarnos? ¿De hacer como si nada pasara? ¿Por qué no nos dejamos querer más fuerte? No faltan ganas por mi parte.

Y no es poco el tiempo que llevamos así, y parece que no aprendemos que el amor no se puede matar a la fuerza pues siempre habrá recuerdos que lo rieguen, que todo artista necesita una musa, toda veleta su viento que la empuje, toda bailarina la música que la haga empezar a bailar.

Todo esto, y más, es una lágrima. Mi particular lágrima.

viernes, 11 de octubre de 2013

Autoatentado

Noches de autoatentados. Noches en las que me condeno sin ni siquiera juzgarme. Noches en las que soy déspota de mi propia mente. Odio esas noches en las que me odio y os odio y, sin embargo, siempre acabando cayendo en sus garras cada cierto tiempo y me pierdo rodeado del humo negro que desprenden. Esas noches en las que no dejo de descubrirme y de castigarme constantemente. Esas noches en las que me siento solo y quiero estarlo, pero las mismas en las que no dejo de desear que venga alguien a estar conmigo. Son estas noches las que marcan el final de un periodo que volverá a empezar para, más adelante, volver a acabar. Y así sucesivamente... Todo son ciclos, todo fluye, todo cambia. Nuestros sentimientos son líquidos como el agua: necesarios, abundantes y libres; decididos. No siguen reglas, no tienen dueño, ejemplos de rebeldía donde los haya. Y, hoy; rabia, frustración, odio, desesperación, desamparo, nostalgia, envidia y desasosiego parecen haberse puesto de acuerdo para hacerse notar. Se manifiestan al unísono y sin embargo no soy capaz de saber que me piden. ¿Qué queréis? ¿Por qué otra noche todos a la vez? ¿Por qué con tanta fuerza? Un cosquilleo recorre mi espalda y una idea disfrazada de pinchazo se clava en mi mente. Duele. Me duele pensar, me duele escribir. No quiero pensar pues sé, que si lo hago, me volveré débil y aprovecharán para abalanzarse sobre mí. No quiero permitir eso, tengo que saber vencerlo, al fin y al cabo es mi mente, ¿no? Como muchas otras antes que la de hoy, esta noche volverá a tener lugar una nueva batalla mental; peligrosas son este tipo de disputas pues no son bombas las armas que se emplean sino ideas, imágenes, momentos y sobretodo, recuerdos. ¡Ojalá me bombardearan unas simples bombas pues al menos sabría dónde refugiarme! Pero no es el caso. Los recuerdos se lanzan sobre mí y no hay lugar donde protegerse en el desierto de mi mente. Otra noche más toca enfrentarse a las ideas, otra noche de dilemas morales, otra noche que habrá que vencer.


sábado, 5 de octubre de 2013

Canción de una noche

La noche es como una canción, como un poema, como una pintura o como una pequeña historia.

Nosotros éramos jóvenes, alocados, éramos artistas. Recuerdo que zigzagueábamos ligeramente por las calles de Madrid que, ahora, parecían ser todas nuestras. La Luna nos había enseñado a no perder ni un segundo y guiaba nuestros pasos por la oscura calzada. Artistas nos llamaban pero, ¿qué es el arte? Nosotros solo bailábamos y escribíamos, escribíamos y bailábamos. Lo demás poco nos importaba y menos esa noche, pues teníamos las riendas. Esa noche éramos libres, nada nos ataba, éramos los dueños. Entonces, quizá por capricho de alguna estrella, empezamos a escucharlo. Ese atrayente saxofón nos estaba llamando, nos invitó a seguirlo. Sonaba lejano. No hizo falta ni mirarnos para ponernos de acuerdo, se nos ensanchó la sonrisa pícara y nuestro andar avanzó hipnotizado por el sonido. A medida que nos acercábamos percibíamos nuevas sensaciones hasta que estuvimos lo suficientemente cerca como para sentir el ostinato del contrabajo. Nuestra cabeza daba vueltas y nuestra mente parecía estar muy lejos ya. Con los pensamientos conversando con la Luna, llegamos a la puerta del local. Nunca había visto una calle tan oscura y a la vez tan llena de vida. La gente fumaba bajo el cartel de neón de la entrada, el cual era el único que contaminaba la bella oscuridad. Entramos con un andar torpe, serpenteado y alegre. El ambiente tenue y el humo de dentro del local nos nubló la vista, cuando ya fuimos capaces de acostumbrarnos al ambiente nos dimos cuenta de que parecíamos estar en otro mundo, muy, muy lejos de donde veníamos. De repente, olvidamos todo lo que sabíamos y nos dejamos mecer por la música, esa música que parecía formar una nube sobre nuestras cabezas y que hacía chispear suavemente notas sobre nuestros cuerpos antes secos. Tomamos asiento y pedimos una copa que, como el ritmo constante del contrabajo, no se acabaría nunca. El rebelde saxofón comenzó, sin ni siquiera avisar, a producir un ritmo descontrolado y, sin poder evitarlo, mi querida bailarina empezó a marcar el ritmo con su pierna izquierda. Cuando me quise dar cuenta, todo su cuerpo se movía al ritmo de la música y con sus aparentemente simples movimientos de cadera era capaz de transmitirme todo. Todo. Entonces, la música me llamó a mi también y, aunque bastante más torpe, también mi cuerpo cayó rendido a los pies de aquellos instrumentos. Así nos pasamos horas, arropados por todos esos sonidos, moviéndonos como unos sosegados locos. De vez en cuando cerrábamos los ojos para sentirnos aún más fuera del mundo y poder apreciar mejor la combinación de notas. Sin necesidad de usar ni siquiera una palabra, nos pusimos de acuerdo para descansar un poco. Volvimos a sentarnos, y fueron muchas las horas que permanecimos allí hablando de todo. Discutiendo, riendo y volviendo a discutir; siempre con el mismo ostinato de fondo. Creo recordar que esa noche no se acabó nunca y junto a ella, es música constante, es jazz tan mecedor, ese saxofón rebelde.


viernes, 27 de septiembre de 2013

Delirios

Primero un pie, después el otro. Mi caminar produce un ritmo constante, como el caer de la lluvia. Y llueve, sí, también llueve. ¿Acaso no es bonita la lluvia? No voy a engañarte, no, no es bonita. Sin embargo tiene ese algo, esa capacidad de relajarnos, de mecernos, de arroparnos con su constante sonido que hace que mucha gente diga que es bonita. Saboreo la humedad, la disfruto. Las gotas mojan mi pelo y me incitan a pensar, el ritmo que producen al chocar con el suelo transporta mi mente a otro lugar, lejos. Del asfalto sube ese olor tan peculiar a mojado y llega hasta mi nariz, respiro hondo, hay que sentirlo todo fuerte. Bajo la cabeza, la ciudad está repleta de charcos, parece sucia. Subo la cabeza y el cielo negro me causa la misma impresión. Pero, vuelvo a respirar y el aire húmedo y limpio purifica mis fosas nasales, bendita lluvia. Ahora mismo, soy todo sensaciones, sensaciones que piensan. "¿Qué será de nosotras cuando la lluvia se vaya?" Se irán con ella para otro día volver y envolverme. Se irán y dejarán ese gusto en el paladar, ese todavía apreciable olor en el asfalto, esas gotas en mi pelo, esos pensamientos nacidos de su ritmo relajante. Por fin, después de andar sin rumbo y habiendo alcanzado todos los rincones, llego a mi casa. Abro la puerta, entro. Todavía tengo en mi mente esos detalles de la lluvia. Me siento y me pongo a escribir. La lluvia no es bonita.

sábado, 21 de septiembre de 2013

El escritor

-Tenía miedo del escritor-me confesó ella
-¿Por qué?
-Porque podía darles sabor a las palabras, a veces dulces, otras amargas. Porque hacía que entraran en mi cabeza y me adormecían, me hacían sentir todo más fuerte. Porque me enseñó a ver el mundo con otra mirada, con su mirada. Me daba miedo, porque consiguió enamorarme usando solo palabras.

Carta de incompresión y agradecimiento

Incomprendido, esa es la palabra. El mundo gira en otro sentido, o demasiado rápido, o demasiado lento, o simplemente no gira.
 Miras a tu alrededor y ves gente que sufre, que finge ser feliz, engañada, manipulada, perdida; vagando por el mundo sin rumbo alguno, como si su único deber fuese el de estar. Estar y ya está, hacer bulto, ser un número, fabricar riqueza que no serán capaces de catar. ¿O acaso tienen otra función? ¿Cuándo se acuerdan de ellos? ¿Cuándo se dan cuenta de que existen, de que siguen ahí? Cuando mueren o matan, nunca más. Cuando son un peligro o cuando ya no pueden serlo, simplemente. ¿Qué tiene que pasar para que os deis cuenta? Para que veáis que somos nosotros esas personas, que no es nada ajeno a nosotros. Claro que es mucho más fácil no salir de esa burbuja artificial en la que vivís donde vuestro único fin es alcanzar vuestra propia felicidad, pero, ¿acaso nuestra felicidad no depende de la de los demás? ¿Podréis ser realmente felices mientras veis al niño llorando sin padres, a la madre sin hijo, a la familia sin casa por culpa de una guerra? ¿O al anciano buscando en la basura algo de comida mientras arroja su dignidad? ¿O viendo como esas grandes empresas contaminan nuestro planeta asesinando millones de seres vivos? Sí, podréis serlo, pero no plenamente. Lo mismo que dijo Bakunin sobre la libertad se podría aplicar a la felicidad: "Me vuelvo libre, en el verdadero sentido, sólo gracias a la libertad de los demás: cuanto mayor es el número de personas libres que me rodea y más profunda y más grande y extensa es su libertad, más profunda y mayor se torna la mía".
Sí, puede que incomprendido sea la palabra pero también puede que no. Puede que sea yo el que realmente no os comprenda, quién sabe. Sea cual sea la palabra, la sensación, saber que no estoy solo anima a cualquiera. Gracias.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Esperando.

Aquí estoy, una noche más. Vuelvo al muelle y espero a verte a llegar. ¿Cuántas noches van ya? ¿A quién le importa? Pero si no importara no estaría aquí y aquí estoy, una noche más. Mis pies cuelgan de las tablas de madera y se camuflan con el negro del ahora oscuro mar. Ya no sé si la Luna se refleja en el mar o si esta es un reflejo en el cielo. Solo sé que mientras no llegues, ella será mi compañera; la que escuche mis penas, mis desdichas, mis tragedias. A veces creo ver el infinito del mar, ¿deberé partir a buscarte al otro lado? ¿A las estrellas quizás? ¿Quién sabe? Nadie sabe. Y cuando te das cuenta ya no quieres saber pues te has pasado la vida entre la Luna y el mar, esperando. ¿Por qué te espero si no quiero que llegues? ¿No será solo una excusa para ver a la Luna? ¿Es acaso esa espera mi razón de vivir y sin esperarte no vivo? Pero esperando también me muero. Y así se consume mi vida como se consume la noche, la Luna se marcha, yo me marcho, tú no vienes. "Menos mal que no vienes"-pienso-"Así mañana podré esperarte".